“CUANDO SE TIENE UN HIJO…”



Estas son historias reales... Vivencias del día a día. Por José Marcano Carpintero

      Entrar al cuarto y ver cada una de las cosas de Adriana en el sitio acostumbrado; sentir el tenue olor de su perfume de siempre; ver vacía la cama donde ha dormido desde los ocho años, ver los peluches, las libretas, las fotos, los espejos donde los dejó, hacía que en mi garganta se formara un nudo y las lágrimas nublaran mis ojos. Buscaba en los rincones y siempre había algo que me la traía inmediatamente. 
Esa angustia comenzó quizá un año antes, cuando le dio por planear el viaje y se extendió por ocho largos meses después de su partida en la vorágine de la diáspora. En ese tiempo un desasosiego silente y un sufrimiento solapado se fueron apoderando de cada parte de mí.
  
     En 21 años nunca nos habíamos separado por tanto tiempo. Tampoco pensé que un día podría irse sola a otro país. La idea de que estaría ahí cerca amainaba un poco la angustia; pero realmente nunca la pena y el dolor fueron tan grandes. Hicimos planes de reencontrarnos lo tres, pronto. El día de la salida, 18 de febrero, nos despedimos en el terminal de Cumaná, yo guardaba la esperanza de que se devolviera desde Caracas.



     Las cosas en la frontera con Colombia se había recrudecido a raíz del “concierto por la libertad” y los ánimos caldeados amenazaban con cerrar el paso hacia el vecino país. La angustia aumentaba exponencialmente. 
Fueron días muy tensos para nosotros, le perdimos el rastro por muchas horas entre Caracas y San Cristóbal, luego hasta Cúcuta; casi un día sin saber de ella. No sonó el teléfono en todo el día, tampoco salían las llamadas. Un silencio aturdidor se sentía en toda la casa.  
Al  segundo día,  cerca de las seis de la tarde logramos una llamada. Había pasado la aduana de la frontera, estaba del otro lado; comía algo para luego abordar el autobús hacia Bogotá a las siete. Estaba bien.



        Desde la distancia intentaba darnos ánimo y repetía la promesa de que pronto estaríamos juntos, allá. Las condiciones mejorarían, tendríamos trabajo y una mejor vida. Como muchos de los jóvenes que han emigrado, Adriana había metido en una maleta sus sueños, sus metas, sus esperanzas por darnos a ella y a nosotros, sus padres, una mejor vida y se marchó en una aventura incierta pero esperanzadora. La ansiedad se hizo mayor cuando hubo un silencio de casi 18 horas en las que el teléfono no volvió a sonar. Cerca de las cuatro de la tarde del 24 de febrero entró un mensaje de voz: “Llegamos. Estamos bien”.



        Comenzó entonces un largo ciclo de esperanza. Estoy bien. Conseguí trabajo. Compré un… Voy a una entrevista. Me dejaron en prueba. Me va mejor. Hace frío. 
Pero en su voz un dejo de tristeza asoma, algo pasaba. Ahí estaba ese pálpito que sentimos los padres cuando a nuestros hijos las cosas se les tuercen un poco. Para mí había la ingente necesidad de hablar diariamente con ella.
 De saber si había comido, si tenía dinero, si había comprado las medicinas, si estaba durmiendo bien, si alcanzaba el  sueldo para el arriendo, si le trataban bien, si no había peligros en la calle, si trabajaba mucho durante el día. Y la curiosidad por saber de las cosas que ella no contaba por orgullo, o simplemente por protegernos de las preocupaciones.
Muchas veces un lacónico sí, o un “quédate tranquilo”, dejaban abierto el hilo de la imaginación para dar entender que las cosas no iban como era el deseo de ella y mío. Noches enteras en vela al no poder comunicarnos; llamadas angustiosas y revuelos… y reproches por el revuelo, eran las consecuencias de una separación abrupta y con tanta distancia por medio. Conforme pasaba el tiempo también se fueron estirando las esperanzas por un pronto reencuentro. En Venezuela la situación aprieta para quienes nos quedamos. En Colombia la situación aprieta para quienes eligieron emigrar. Adriana, Lilian y yo, entramos en un limbo por querer reencontrarnos, pero los recursos no alcanzaban. Por otra parte, los apegos y los miedos sujetan a la tierra cuando la edad avanza. Aunque también la necesidad de regresar apura cuando los sueños y las ilusiones se desvanecen. Empiezan las contradicciones.
           No pude ocultar la emoción el día cuando escuché: “Pa, quiero regresar, aquí no es como yo pensaba. No sé por qué no te hice caso cuando me dijiste que no saliera”. No hay reproches de mi parte.  Es necesario que los  hijos aprendan; es necesario que los hijos caminen solos y se construyan sus sendas con sus propios pasos. 
Mas, comenzaba ahora una nueva angustia. Qué ofrecer a mi hija en un país hecho pedazos; vale la pena que regrese; cómo traerla de vuelta; qué hará cuando esté aquí.  Son preguntas que van y vienen,  que se apoderan de las horas de sueño y nos mantienen en duermevela la mayoría de las noches.
         Los preparativos del viaje de retorno se espaciaron por dos meses. Los miedos amilanan y hacen que las dudas se acrecienten. Pero la idea de volver a  estrechar entre mis brazos a mi hija me hace accionar, es necesario dar pasos firmes, lentos pero firmes.
 Es escoger la mejor ruta, establecer el itinerario, comprar los  pasajes, conseguir divisas, definir los puntos de pernocta, y finalmente empezar un viaje que nos llevaría, a ella a cruzar media Colombia y a mí a cruzar toda Venezuela desde Cumaná, e ir más allá de la frontera; luego regresar y cruzar nuevamente el país completo, todo en una semana, larga y extenuante.
          
El reencuentro tan ansiado se nos dio entre un tumulto de gente y una turgencia de voces que afanaban el tránsito. Un abrazo largo y un “te amo” muy quedo, nos reconectaron pronto, en aquella ciudad que se nos hizo ajena, fea y calurosa.
        Cúcuta, es una ciudad percudida por una turba de venezolanos que deambula de un lado a otro, con un costal de esperanzas a cuestas y un cinturón de miseria que aprieta más allá del alma. En ese medio hostil estaba parado abrazando a mi hija, sentía que había vuelto mi alma al cuerpo después de ocho meses de ausencia.    
        Dos horas más tarde, Adriana y yo, estuvimos de Vuelta a la Patria, y en tres días se la entregaba en los brazos a Lilian. Lucas Jesús también se vino. Nos falta Luis, pronto lo traeremos.

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