POR LUIS ARISTIMUÑO, ESCRITOR Y PROFESOR UNIVERSITARIO DE CUMANÁ- VENEZUELA, HOY RESIDENCIADO EN LA CIUDAD DE LIMA-PERÚ.
EL PESO DE LA IRA :
Las seis. En algún cuento, Julio Ramón Ribeyro la describe como la hora en que “una fina niebla disuelve el perfil de los objetos” en la mañana limeña. Y yo ahora estoy en esta, su ciudad, y no pierdo el hábito de madrugar ni de pensar en la mía.
Hemos marchado al exilio sin bienes de fortuna y dejado en nuestra tierra todo patrimonio: la casa, las comodidades de una familia clase media y el sueldo/pensión de un profesor universitario jubilado, estipendio que antes alcanzaba a mantenernos, pero que ahora, totalmente devastado por la inflación estimulada por el pranato, no llega a sufragar ni siquiera el gasto asignado cuando nos vinimos: alimentar a Bonny, la perra.
Emigrar de esta manera demanda empeñarse a fondo para sobrevivir. Lo hemos estado haciendo. Cuesta lo suyo; pero, qué diantre, estamos obligados a construirnos un lugar y en nuestra circunstancia no importa tanto el futuro como el presente.
Así pasan los días vertiginosamente, sin pensar en la magnitud de lo que nos ha pasado. Pero hay momentos, ciertas mañanas, la luz asomando a nuestra ventana, en que todo vuelve con una fuerza de tormenta y el corazón se llena de relámpagos.
Me levanto, recorro el pequeño apartamento y observo dormir a los míos. Uno a uno, regocijándome. Estamos juntos. Pero luego no puedo evitar ser aplastado por la injusticia de estar pasando por estas circunstancias: lejos de casa, la que construimos prácticamente con nuestras manos; que se les haya quitado la oportunidad de cursar una carrera universitaria a mis hijos en su país–a él, de terminarla; a ella, de empezarla—. Mi esposa, sacada del entusiasmo militante de convertirse en pequeña empresaria de un negocio de comida por encargo donde estaba desarrollando iniciativas bien interesantes. Yo, retirado del trabajo docente, dedicado a tiempo completo a la escritura en la tranquilidad de mi estudio en un patio con árboles y grama.
Sí; hay días en que todo el recuerdo de la injusticia cometida vuelve y las mañanas se presagian difíciles. Entonces siento la carga, la enormidad del daño causado que se adensa en las pequeñas habitaciones que ocupamos. Y la ira; aplastante, rotunda, que procuro manejar pensando en otros afectados.
Pronto me percato de que, más allá de mí y de mi familia, está, como víctima imponente, dolorosa, la cultura venezolana: doscientos años republicanos sacrificados por maldad pura. Pensamiento agobiante si los hay.
Los gallos cantan en la lejanía. Me guindo de su sonido que significa despertar. Hay otra jornada por delante (De la Serie "La edad de la ira", Oswaldo Guayasamín. Ecuador, 1919 .1999)
