Autor: Luis Aristimuño, oriundo de la ciudad de Cumaná, Venezuela. Profesor universitario y escritor.
Maskarita plástico:
Vivo en Lima Norte. A los pocos días de instalarme hice un amigo. Un vecino, a cuatro casas del edificio donde vivíamos, que trabajaba en su porche. No supe lo que hacía allí, sentado en una banquetica casi al ras del suelo, hasta que una noche en que estaba él medio zarataco, habiendo perdido la gran timidez que lo caracteriza, se acercó y preguntó con voz ronca si yo era venezolano.
Me confesó que me había estado observando y que, no sabía por qué, le había parecido un buen hombre. Le aseguré que sentía lo mismo, también sin poder explicar las razones. "Entonces me aclaró que reparaba parachoques de autos y me convidó a una cerveza". Por respeto, para no llamarlo por el apodo, Maskarita, como todo el mundo, le pregunté su verdadero nombre. Allí me percaté de que tiene un buen sentido del humor escondido en su gran timidez: me dijo que casi se le había olvidado, aunque, haciendo un esfuerzo, creía acordarse de que su nombre de pila era Eleuterio Bellido. Entonces prefiero decirte Maskarita, le dije.
Se ha convertido en mi mejor amigo peruano. Como labora en casa es un trabajador independiente, categoría a la que aspiran casi todos los trabajadores en este país, puesto que es la única forma de trabajar doce horas o más y poder ver los beneficios. Incluso tiene una firma registrada: Maskarita plástico.
Suelo ir a verlo trabajar. Lo hace oyendo música de artistas diversos y grupos de folcloristas que cantan en quechua (entiende la lengua aunque no la hable). Quizás porque ha visto que aprecio su música, a veces me pide seleccione en su móvil conectado a un altavoz alguna pieza venezolana y casi siempre termino siendo una especie de disk jockey que empieza por Chelique Sarabia y su Ansiedad en unas cuantas de sus versiones, incluyendo, por supuesto, la de Míster Nat King Cole, y de allí va derivando hasta el rock de Jim Morrison o la versión de Con su blanca palidez, realizada por el ya vejo cantante de Procul Harum, Gary Brooker, acompañado de la New London sinfonía. Al fin y al cabo, tenemos casi todas las piezas musicales del mundo a nuestra disposición.
Quizás porque ha visto que aprecio su música, a veces me pide seleccione en su móvil conectado a un altavoz alguna pieza venezolana y casi siempre termino siendo una especie de disk jockey que empieza por Chelique Sarabia y su Ansiedad en unas cuantas de sus versiones, incluyendo, por supuesto, la de Míster Nat King Cole
Él vive en una calle no asfaltada. Y ahora el verano amenaza con volver. Ha salido el sol después de largos días de pluviosidad y el polvo está de nuevo en el aire. Maskarita está alegre y me hace traer una cerveza. Y cuando ya vamos por la tercera chela, como le dicen acá a las birras, está sonando Escalera al cielo, de Leed Zeppelin, resultado de mi deriva musical. Maskarita se levanta bruscamente de su banqueta, algo apresurado, y va a un lado de su porche donde hay una pluma de agua con un balde lleno. Toma este con la mano izquierda y con la derecha una vieja jarra de plástico para ir regando el frente con destreza y precisión. El agua cae y levanta nubecillas mientras la voz de Robert Plant hace el amor con la guitarra doble de Jimmy Page. Él termina de mojar el suelo de su frente y el sol, en consideración a sus esfuerzos, mitiga sus rayos.
| Centro de Lima-Perú. Foto: Carlos García Indriago. |
Ahora debo irme. Le digo que voy dejarle con el adagio del Concierto de Aranjuez en la versión de Pablo Sainz Villegas en la guitarra. Oye los primeros compases y adiciona la pieza a sus favoritas en el celular. “Esta es música para gente de entendimiento”, musita, y me da su mano calurosamente.
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